el blindaje continúa, sin roche

CIPRIANI Y EL PODER

¿Será que todos los caminos conducen a Roma?

Los Derechos Humanos son una cojudez

Juan Luis Cipriani

Publicado: 2014-03-09

No soy de esas personas prejuiciosas que dan por sentado que el poder es malo, pero sí soy de esas personas idealistas que piensan que se puede usar para el beneficio de la sociedad. Aclarado esto, es fácil deducir -como es correcto- que considero que el poder de la Iglesia católica es dañino, y en consecuencia, lo es también el poder de Cipriani.

Solamente cuando una ideología ha penetrado profundamente el pensamiento individual y colectivo de una sociedad, puede decirse que quienes la enarbolan han triunfado. Esto no es malo ni falta a la ética. Así, la idea de que la esclavitud atenta contra los Derechos Humanos ha calado en lo más hondo de la mayoría de personas, al punto de considerar fuera de la ley y merecedores -por lo menos- de sanción social a quienes la practican. Así avanzan las sociedades: a través de ideologías insertadas en la conciencia de sus individuos.

Pero, como el nazismo, no todas estas ideologías son beneficiosas. En nuestras sociedades se encuentran entretejidas ideas beneficiosas y perjudiciales. La interpretación antojadiza de esta mezcla es la que permite a muchos políticos beneficiarse en sus campañas. Cuando se conjuga la idea de justicia social con la dependencia del Estado se crean verdaderos monstruos difíciles de erradicar, pues el pueblo tiende a creer que una dádiva del candidato de turno es una muestra de su justicia y la prueba de su futura excelente gestión. Una y otra vez, las personas son engañadas, una y otra vez se desilusionan y una y otra vez vuelven a caer.

Esto no solo ocurre en la política común, también ocurre en la política religiosa. La idea de que toda acción que dañe a otra persona debe ser sancionada se engarza con la obediencia a un dios y tenemos como resultado el pecado. Pero el pecado va más allá de las relaciones dañinas entre las personas, pues con la obediencia a un dios se infiltran imposiciones -por decir los menos- estrambóticas: resulta pecado usar prendas de vestir que contengan dos hilos diferentes (Levítico 19:19), no acudir a misa, no rezar mirando hacia cierto lugar ni en cierta pose, opinar distinto a lo que dice un jerarca de la religión, no tener relaciones sexuales cuándo, cómo y con quién lo determine cierto libro sagrado, etc. Estos pecados no se relacionan con la ética, pero son punibles y el castigo puede ir desde azotes y la muerte hasta la tortura eterna post mortem

Una vez que la ética ha sido pervertida con el pecado y esto ha calado en una población, la religión tiene campo abierto para desplegar un poder omnímodo y se vuelve totalitaria. Gobernar en las conciencias y determinar desde allí las acciones de sus creyentes es un poder que no puede ostentar fácilmente ningún partido político y las veces que lo han intentado, ese partido se ha convertido en una religión.

El poder de las religiones es peligroso, fulminante y efectivo. Por eso es que siempre ha sido aprovechado por la política secular.

En el Perú, los diferentes gobiernos han temido enfrentarse al poder de la religión católica e incluso algunos la han beneficiado grandemente. Morales Bermúdez firmó el Concordato con el Vaticano el 19 de julio de 1980; y el 3 de julio de 1991, Alberto Fujimori firmó el Decreto Supremo 145-91-DF que dicta normas para beneficiar a la Iglesia, como homologar el sueldo de obispos al de los ministros. De ahí que no resulte extraño que Cipriani se haya pronunciado a favor de la excarcelación del presidente-reo.

Pero el Concordato es solo un acto simbólico que otorga un marco legal a lo que siempre ha tenido la Iglesia católica en el Perú: privilegios. Si destejemos la madeja nos encontraremos con sorpresas non gratas que trataré en otro artículo.

Más allá de los beneficios legales, la Iglesia católica se da el lujo de interferir en las políticas de Estado. Basta con que el señor Cipriani emita una opinión en una radio local o que sea entrevistado por la prensa adicta para que inmediatamente el Gobierno de turno tiemble y cambie la ruta que seguía. Nada más ver el besamanos a Cipriani puede erizar los vellos de quien afirme que el Estado debe ser autónomo.

Sin embargo, el señor Cipriani no solo ha llegado a la cumbre más alta que su investidura puede darle en el Perú, sino que ahora ha sido elegido miembro del Consejo de Economía del Vaticano. Este organismo, en términos laicos es equivalente a un ministerio y Cipriani vendría a ser un viceministro o asesor.

Tenemos en el Perú a un alto funcionario de un país ajeno influyendo en las conciencias y bolsillos de nuestros conciudadanos y en las políticas educativas y de salud del Estado. Y le pagamos un sueldo de Ministro.

Para quienes en algún momento pensaron que la elección de Francisco como Papa era un respiro para la Iglesia, este nombramiento debe haber sido un golpe en la yugular. Conozco a muchos católicos -que discrepan a viva voz con el señor Cipriani- que pusieron todas sus esperanzas en el Papa Francisco. Yo -como siempre- fungí de aguafiestas para ellos al señalarles que solo se trataba de una “limpieza facial” y obedecía al declive de la Iglesia católica en Latinoamérica. Pero la fe es más fuerte que la razón para los creyentes. Lamento mucho haber tenido razón. Realmente me hubiera gustado equivocarme.

Ahora solo queda esperar qué consecuencias trae en el Perú el nuevo cargo que el señor Cipriani ha obtenido en el Vaticano, su verdadera patria.


Escrito por

Doriss Vera

Literata y educadora


Publicado en

LAICISMO

Un Estado Laico garantiza la libertad de creer o no creer en uno o más dioses y que ninguna religión determine el futuro de todos.